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Entrevista a Fabiola Mancinelli, autora del libro “Zafimaniry l’Invention d’une tribu”

Miércoles, Septiembre 6, 2017


El País Zafimaniry es una región a 50 kilómetros de la ciudad de Ambositra (Madagascar), compuesto por menos de un centenar de pequeños poblados repartidos entre valles, montañas, selva y bosque. Carpinteros, madereros y artesanos desde generaciones, los Zafimaniry viven en un mundo en el que la madera es el centro de un patrimonio de técnicas y conocimientos profundos, que se expresan sobre todo en la ingeniosa arquitectura de sus casas ancestrales y en la decoración de objetos para la vida cotidiana.

Para acceder a estas aldeas, la única forma es a pie, a través de una serie de caminos que, cada vez más, son recorridos por un número creciente de turistas en busca de los “secretos de esta cultura tradicional”. En 2003, la extraordinaria maestría en la talla de madera de los Zafimaniry ha sido reconocida por la UNESCO como Patrimonio Intangible de la Humanidad.

La identidad Zafimaniry, descrita y analizada desde tres áreas (arte étnico, patrimonio inmaterial y turismo), es la temática principal de Zafimaniry l’Invention d’une tribu: art ethnique, patrimoine immatériel et tourisme, libro recientemente publicado por la editorial L’Harmattan y escrito por Fabiola Mancinelli, profesora del Grado en Turismo y Ocio de Ostelea.

 

 

Tal y como encontramos desarrollado en el trabajo de la profesora, los Zafimaniry son un grupo de 35.000 personas que viven en una región situada en el corazón de las tierras altas de Madagascar. Agricultores nómadas en sus orígenes, las condiciones y la orografía de su región les han convertido en ebanistas, artesanos madereros, con un arte visible en la arquitectura de sus casas y en los grabados que utilizan para decorar objetos de uso cotidiano.

A través de una investigación en las tres áreas señaladas anteriormente, Fabiola Mancinelli revela un proceso de introducción de los Zafimaniry en “planes de valor”, que se adjunta no solo a la mercantilización de su arte y su identidad étnica, sino también a la construcción de una imagen del grupo, como la cultura “tradicional” y “original”.

A lo largo de la siguiente entrevista, Fabiola Mancinelli nos revela todo lo referente a la investigación, a la tribu y sobre todo nos proporciona una visión de su experiencia vivida.

En primer lugar, ¿cómo surge la posibilidad de escribir este libro y cuál es tu objetivo con la publicación del mismo?

El libro se basa en los materiales que recogí durante varios años de investigación para mi tesis doctoral. La idea para el proyecto surgió tras un viaje que hice en Madagascar en 2005: fue entonces que me crucé con un pequeño folleto que promocionaba una experiencia de “turismo étnico” en las aldeas Zafimaniry, destacando su aislamiento geográfico y su supuesta “autenticidad”.

En seguida me entró la curiosidad por investigar las dinámicas de interacción entre los turistas occidentales y la población de estas aldeas rurales: los discursos y la percepción local del fenómeno, la implicación real de la comunidad en este negocio, las repercusiones, tanto negativas como positivas, a nivel económico, pero también de actitud, de prácticas, de representaciones.

¿Cómo se estructura el libro en torno a las tres áreas comentadas?

El libro analiza un proceso de construcción social de una representación identitaria: el proceso de “invención” de los Zafimaniry como supuesta tribu, como depositarios de una cultura “primitiva”, tradicional y originaria de Madagascar.

A través del análisis etnográfico, el texto nos lleva a reflexionar sobre el valor mercantil de lo “primitivo” en la contemporaneidad, mostrando cómo, sobretodo en un discurso turístico y patrimonial, se ha dado al primitivismo una gira semántica, convirtiéndolo en un elemento de fascinación y en una forma de representación de la alteridad cultural. Es un libro en que se reflexiona sobre tradición, autenticidad y mercantilización de la cultura.

En este marco conceptual, arte étnico, patrimonio inmaterial y turismo constituyen cada uno un terreno de interpretación de la identidad Zafimaniry. Es decir, se trata de ámbitos, representados por actores -institucionales o no-, como por ejemplo, los mediadores turísticos, los organismos ministeriales promotores de la candidatura UNESCO y los mercantes de arte, en que se construye una narrativa acerca de los Zafimaniry.

Esta narrativa, sin embargo, no surge de una comprensión autóctona, sino que es dirigida por lógicas y valores occidentales, pero llega a imponerse como hegemónica.

Gracias a la entrevista que se publicó sobre usted en Facebook, sabemos que su mayor atrevimiento en la vida fue irse a Madagascar, “a vivir a unos pueblos remotos para hacer una investigación”. Imaginamos que el libro es fruto de dicha investigación. ¿Cuánto tiempo estuvo en el País Zafimaniry?

Pasé unos 12 meses en la isla, repartidos en tres viajes de distinta duración. La parte más difícil de la experiencia fue negociar mi presencia de investigadora en el campo y diferenciarme de los demás turistas, pues a los ojos de la población local, hay poca diferencia entre los dos: tanto investigadores como turistas suelen ser occidentales y con un poder adquisitivo mucho mayor a lo de la población local.

Tuve que darme el tiempo de crear relaciones con los habitantes, y esto ha significado también “aprender a perder tiempo”, es decir a encontrar formas de participación en la vida de la comunidad más allá de los momentos necesarios para desarrollar mi trabajo, que se realizaba principalmente a través de entrevistas y reuniones con distintos participantes.

He tenido que aprender a esperar y adaptar mis tiempos de trabajo a la rutina diaria del pueblo. Esto ha sido todo un reto, sobre todo en un contexto vital complejo: los pueblos se encuentran a 4 horas de marcha a pié en las montañas, la comida es escasa por lo tanto a cada visita tenía que cargar con lo necesario para mi estancia, no había agua corriente ni electricidad.

En resumen, ¿cómo viven en estas comunidades?

Los Zafimaniry están muy (pre)ocupado con sobrevivir, frente a un cambio climático y medioambiental (en parte causado por ellos mismos) que les obliga a modificar de forma radical sus oficios tradicionales. Sus técnicas agrícolas todavía no les permiten obtener un buen rendimiento del campo; carpinteros y madereros durante generaciones, ahora ven desaparecer la selva que les proporcionaba sustento e identidad.

Muchos me decían “la selva está muerta”: esa no sólo es su mayor preocupación, sino también el origen de un proceso de transformación de su identidad, que para ello se conforma en un conjunto de prácticas materiales que hacen que los Zafimaniry sean los que son.

Los Zafimaniry trabajan activamente para afrontar estos cambios, así que escuchando sus discursos, la idea de “conservación”, de “preservación” de una supuesta esencia tradicional sonaba aún más paradójica.  Para ellos, es transformarse y lidiar con los cambios lo que brinda vida.

Tal y como expresa en el libro, cada vez encontramos una cifra mayor de turistas que recorren kilómetros a pie para conocer la población Zafimaniry y comprar artículos artesanos. ¿En qué les beneficia el turismo?

El turismo entre los Zafimaniry es un fenómeno que existe desde hace más de 30 años. Las cifras son muy reducidas (hablamos de 2.000 visitas al año), pero el contraste entre turistas y población residente es muy fuerte. Debido a la escasa alfabetización, son pocos los Zafimaniry que pueden trabajar directamente en el turismo y es sobre todo la gente de fuera  (como guías y otros mediadores) quien trae el mayor beneficio.

Los Zafimaniry que pueden implicarse, adolescentes en mayoría, lo hacen como guías locales o portadores. Obviamente, los artesanos tratan de vender sus objetos a los viajeros de paso, pero sin mucho éxito. En los últimos años, una parte de la población ha adaptado sus casas tradicionales para conseguir una habitación más para alojar a los visitantes.

Los turistas también pagan una pequeña tasa para entrar en los pueblos: el tema delicado es que no se sabe bien cómo se reparten estos beneficios. Así que podemos decir que el beneficio del turismo de momento es mínimo y repartido de forma muy desigual.

Por contrapartida, ¿qué riesgos destacaría de esta relación con el turismo?

El riesgo más grande es la descolarización: los jóvenes residentes ven que les compensa más seguir a los grupos de turistas que estudiar, y así abandonan el colegio. Por otra parte, como pasa en muchos otros contextos de turismo en países en desarrollo, el riesgo (que analizo en detalle en el libro) es que la cultura Zafimaniry se reduzca a una serie de tópicos sobre el primitivismo y el esencialismo cultural.

Por su parte, algunos Zafimaniry juegan a identificarse con estos tópicos y llegan a auto-representarse según los criterios establecidos por la narrativa hegemónica: “tradicionales”, “primitivos”, pobres.

Para finalizar, ¿cómo describiría esta experiencia vivida, en primera persona como dice “en un pueblo remoto de Madagascar”, para después poder publicar en un libro su investigación?

Ha sido una gran experiencia de formación, a nivel académico, pero sobre todo a nivel humano. Como mujer blanca, en un principio ha costado mucho que me aceptaran, pero después de muchos meses he podido lograr proximidad y confianza con mis interlocutores, sobre todo gracias a mi hija Sofía, quien me ha acompañado en mi última estancia de tres meses en los pueblos. Es gracias a ella que he pasado de ser la vazaha, esa mujer blanca, a ny renin’Sofia, la madre de Sofía.

Entre los Zafimaniry, el nacimiento del primer hijo marca el ingreso real de la persona en la comunidad: madre y padre pierden su nombre propio y se convierten en la madre o el padre “de…”. 

Editar el libro ha significado volver a vivir muchos de estos momentos. Me gustaría mucho regresar a Madagascar y seguir con la investigación.

 

 

Ostelea